viernes, 7 de septiembre de 2012

Vuelvo a casa

Sigo roto, con la diferencia de que ahora lo estoy en un vagón del tren y no en la cama de mi habitación. No sé ni como aún me quedan lágrimas, a estas alturas ya debería estar seco por dentro. La gente me mira de forma rara y más de uno se ha acercado a preguntarme si me encuentro bien. Supongo que no todos los días se encuentra uno a un pasajero de un tren con los ojos morados, la cara desfigurada y que no para de llorar. Siento ganas de romper algo y aún me quedan 45 minutos de trayecto hasta llegar a Norwalk, más el rato en coche hasta casa.


No sé como voy a reaccionar cuando vea a mi madre. Es evidente que va a saber que algo me ha pasado y temo que voy a romper a llorar de nuevo. No quiero contarle mi historia de esta forma, no así. Yo quería volver a casa después de un fantástico verano y contarle a mi madre que me había enamorado, que era el chico más feliz del mundo. Ella no sabe que soy gay, pero me hubiera dado igual. Nada importaba siempre que Matt estuviera a mi lado. Pero ahora ya no puedo decirle eso y me da miedo no poder controlarme. Me da miedo no saber qué es lo que le voy a decir porque, aunque lo supiera, sé que en ese momento se me olvidará todo lo que haya podido pensar y diré lo primero que salga de mi boca sin control.

¿Cómo se le dice a una madre que eres gay y que un chico de diecisiete años al que consideras el amor de tu vida ha muerto ahogado por tu culpa?


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