Parece que el frío ha llegado a Norwalk. Las calles son un poco más oscuras, la gente va un poco más escondida entre sus abrigos, las noches son un poco más largas, las sábanas un poco más gruesas y yo estoy un poco más centrado. O eso quiero creer. Dicen que cuando piensas una cosa –aunque no sea cierta– el suficiente tiempo, consigues engañar el cerebro. Si estás triste y sonríes pensando que eres feliz, al final acabas estando un poco de mejor humor; si estás enfermo y piensas que no lo estás, terminas por sentirte un poco mejor; y si hace 47 días que has perdido a alguien importante y piensas que sigue vivo en algún lugar del planeta, resulta que consigues vivir algunas horas al día sin el peso de la culpa.
Y eso es lo que he estado haciendo yo estos días.
Sonreírle a la vida, pese a no tener ganas. Engañando a mi cerebro todo el tiempo que puedo. Me distraigo en clase, quedo con Sussan –que, por cierto, está de un raro asombroso. Creo que esconde algo, pero esa es otra historia–, o me quedo a comer en la cafetería de Eastmond con Mike, o acompaño a mi madre a hacer la compra... Cualquier cosa me vale con tal de estar distraído y sonriente, siempre sonriente.
Mike, Sussan y yo hemos formado un curioso tándem y nos llevamos a las mil maravillas. Parece mentira que hace sólo 22 días ni si quiera sabíamos que Mike existía y ahora parece como si hubiéramos sido amigos desde el jardín de infancia. Bueno, realmente sabía que existía desde que Josh me habló de él, pero se entiende lo que quiero decir, no? Mike es muy de nuestro rollo, tiene nuestro mismo sentido del humor y no es de esas personas cargantes que se esfuerzan penosamente por encajar en un sitio donde no hay hueco. Ha sido todo muy natural.
No puedo decir lo mismo de Josh. No sé si será por el tema de que tiene novia y la engaña como si tuviera dos años, o si será porque lo he visto mucho menos en estas tres semanas. La cuestión es que no encajamos. Nos llevamos bien y no es mal chico, pero tampoco es una persona limpia (me refiero a su actitud, ¡no huele!). Supongo que el hecho de que engañe con tanta facilidad a Verónica, me hace pensar que podría engañarnos a cualquiera de nosotros (a otro nivel, por supuesto, que Verónica no es precisamente lo que viene a ser una persona espabilada); y eso no me gusta. Pero bueno, igual que engaño a mi cerebro haciéndole creer que soy feliz, también lo hago haciéndole creer que Josh es un tío genial. Me hace falta su amistad para poder distraerme y no sentirme solo. Sé que es un poco egoista y quizás incluso de ser falso, pero ahora mismo no me puedo permitir tener principios.
Y, como decía antes, gracias a no tenerlos soy capaz de engañarme a mí mismo día tras día para poder tener una vida social normal y aceptable. Aunque luego, cuando me voy a la cama, la realidad me abofetea en la cara hasta llorar desconsoladamente durante toda la noche. Lo bueno, es que las lágrimas cada vez son un poco más pequeñas, un poco más rutinarias, un poco más insensibles... y me dos cuenta de que estoy un poco más cerca de volver a ser la persona que eras antes.
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