No importa lo alto que vueles, lo lejos que te haya llevado el destino. Al final, por tu culpa y por tus acciones, puedes caer en picado y desplomarte contra el suelo. Lo peor es que, a diferencia de un pájaro, no morirás en la caída. Te quedarás ahí, tirado en el suelo, retorciéndote en el dolor de saber que has cometido una cadena de errores involuntarios que han provocado tu caída.
¿Qué hacer entonces? ¿Recomponer tus alas y tratar de alcanzar la altitud que antes tenías? ¿Seguir en el suelo disfrutando de la amargura del dolor que no cesa? ¿Esperar a que crezcan alas nuevas? ¿Cómo se supone que tenemos que afrontar los malos momentos? ¿Cómo saber cuál de los caminos es el correcto, el que nos llevará a nuestra meta deseada, el que nos hará menos daño?
Lo curioso es que no importa cuántas veces te desplomes, nunca aprenderás a evitarlo. Aprenderás a sufrir menos, a controlar el dolor, a extraer el veneno de lo que has hecho mal y aplicarlo de forma que consigas algo bueno a cambio. Pero jamás conseguirás un vuelo tan perfecto... lineal... eterno. Y llegados a este punto empiezo a pensar que es bueno que eso ocurra. Para valorar lo bello de volar, tenemos que pisar el suelo de vez en cuando para tener algo con lo que compararlo.
De vuelos altos y caídas estrepitosas yo sé mucho. Y ahora estoy desplomado. Justo acabo de caerme. es tan reviente que aún tengo polvo alrededor y aún no han empezado a sangrar mis heridas; pero sé que lo harán y que voy a volver a sufrir. Nuevamente me toca estar en el lado feo de la vida, pero yo me lo he buscado. Yo he provocado mi caída y seré yo el que tenga que levantarse y afrontar lo que venga.
Toca recomponerse y valorar lo que tenía para saber si quiero volver a echar a volar o cambiar de rumbo. Aunque ahora mismo sólo tengo miedo. Miedo de todo, pero en especial miedo de retomar el vuelo una vez más... y volverme a caer.
